Algunos apuntes sobre la comparecencia de Susana Díaz: el preludio de la cuesta abajo

Ayer se produjo la comparecencia de la presidenta del Gobierno andaluz, Susana Díaz, ante el Parlamento. Una comparecencia a medida, sin propuestas de resolución de los grupos, en principio anunciada bajo el sugestivo e inabarcable título de “situación política de Andalucía”. Lo suficientemente amplio como para poder hablar de todo, lo suficientemente impreciso como para poder hacerlo de cualquier manera. Un sueño para Díaz.

El esquema de su intervención era predecible: lamento maternal por los problemas del pueblo andaluz, recopilación de los anuncios ya realizados en la investidura, explicación de medidas ya adoptadas y debatidas en el presupuesto… y cierre con su ya tradicional reflexión sobre la unidad de España, su particular visión de Andalucía y su disparatada interpretación del 28F.

Aproximadamente una hora y cuarto de ida y vuelta por sus lugares comunes y sus coletillas más definitorias: “mi gobierno”, “yo”, “mi”, “me”, “conmigo”… Tampoco han faltado las clásicas invitaciones al “diálogo” con “la mano tendida a todos los grupos de la Cámara”, a los que al mismo tiempo ha acusado de obstruccionistas y de protagonizar el bochorno de bloquear su investidura. Hasta ahí todo según guión.

Pero tras la disciplinada ovación del grupo parlamentario socialista y del gobierno, ha subido a la tribuna mi compañera Elena Cortés, y ha pasado lo que tenía que pasar: que Cortés se ha puesto a hablar de política, a dar argumentos, a evidenciar las formidables fallas de este gobierno y a leer artículos del Estatuto de Autonomía. Y todo ello desde la serenidad, la elegancia que la caracteriza dentro y fuera de la Cámara, y la solvencia con la que explica los pilares del proyecto social y político de Izquierda Unida en términos institucionales.

Susana Díaz fuera de la corte de pelotas de la que suele acompañarse es una persona sin herramientas para enfrentarse a la realidad. Y Cortés la ha situado ante esa realidad que le es ajena, ante los hechos. La ha colocado ante los datos tozudos que señalan claramente que en Andalucía las condiciones de vida y trabajo han empeorado, la pobreza y la desigualdad han crecido, y la atonía del gobierno sólo es comparable a su autocomplacencia.

Cierto es que oigo con cariño a mi compañera, pero cierto es también que le ha dado una altura al debate que ha puesto en evidencia a Díaz. La Presidenta de la Junta se maneja mal cuando tiene que debatir con personas que saben lo que dicen, por qué lo dicen y que además, como es el caso de Cortés, han demostrado que saben ponerlo en práctica.

Incapaz de responder a las cuestiones que en nombre de nuestro grupo le ha planteado Elena Cortés, Díaz ha tratado de hacer mofa, con escaso éxito, del comunismo, de la vigencia de los postulados defendidos por la izquierda y de las alternativas que nítidamente le ha expuesto. Era el preludio de la cuesta abajo.

Ché Guevara, el altiplano de Bolivia, el peronismo, que si la esposa de Moreno Bonilla está parada, que si el marido de Susana Díaz tiene o deja de tener, que si Teresa Rodríguez baila sevillanas… También hemos tenido doble ración del pin pan pun, del “y tú más” y esa parte especialmente recurrente (y preocupante) de “no le tolero”, “no le consiento” “no le permito”… la verdad es que el debate ha sido un espectáculo bochornoso, carente de profundidad, y que a las claras pone encima de la mesa varias cuestiones alarmantes.

La primera, que vivimos un tiempo prepolítico, en el que personas que se dedican a hacer política renuncian de manera expresa a hacerla, a razonar, a analizar con espíritu crítico las causas de los problemas.

La segunda, que para el PSOE la democracia es una unidad de medida, concretamente de peso. Sólo tienes legitimidad si te pliegas a la mayoría, y tu acción política es correcta si la pones al servicio de fortalecer las tesis del PSOE, de la misma manera que una reivindicación ciudadana es merecedora de respuesta si viene de un porcentaje mayoritario de colectivos.

La tercera no es nueva, pero es la más inquietante: acertó de pleno quien afirmó que la política es la gestión de los egos.

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