Los limpios ojos de Ignacio Moreno

“No encuentro patriótico a quien ama tanto a su pueblo que se siente obligado de por vida a pagarle el tributo de la adulación”. Hanna Arendt

Esta mañana Ignacio Moreno Bustamante, director de la Voz de Cádiz, nos ha hecho partícipes a las personas que leemos este medio de varias consideraciones en un artículo de opinión titulado “Los sucios ojos de María Romay”. Me permito con estas líneas hacerle partícipe a él y a todos ustedes, de las reflexiones que me ha suscitado su lectura.

Moreno nos traslada la enorme injusticia que se está cometiendo con todos los hombres, poniéndolos bajo sospecha por el mero hecho de serlo, en una espiral creciente de recelo social alimentado por feministas “radicales”, que consideran capaces a cualquier hombre de cometer crímenes y abusos contra mujeres porque una ínfima minoría de ellos lo hace.

También considera “absurdas” las afirmaciones vertidas por “feminoides radicales” en tanto a la cosificación de la mujer, el perjuicio que causa el heteropatriarcado, o expresiones como la palabra “portavoza”, que tantísimo juego está dando a un lado y al otro del tablero.

Por último, califica a ciertas mujeres con responsabilidades institucionales como un “peligro”, por cuanto sus actitudes “adoctrinadoras” denotan ese radicalismo “que es el que llevan en su ADN”, y que sólo ejemplifica que tienen “los ojos sucios”. Ahí refiere su opinión sobre el disfraz de María Romay e insiste en mostrar su preocupación porque ya no se trata de “cuatro activistas mal contadas”. La cosa se está poniendo seria…

La cercanía del 8M hace ineludible poner en otro contexto este artículo de opinión, para que esa formidable perturbación en la que parece sumido su autor sirva paradójicamente al éxito de la convocatoria de huelga, y a la extensión de las razones por las que las mujeres estamos interpelando a la sociedad en su conjunto y a los poderes públicos. Vayamos por partes.

Que las relaciones sociales y la distribución de responsabilidades y roles en el seno de la misma, las instituciones políticas en que se han sustanciado, y el funcionamiento de los órdenes privado y público de la vida, se han consolidado en sistemas que dan prevalencia a los hombres en cuanto al género y a la heterosexualidad en cuanto a lo relacional, es algo que no puede rebatirse con hechos objetivos.

No estamos haciendo las cosas bien, no somos una sociedad digna de elogio ni tenemos nada de lo que enorgullecernos cuando de hablar de igualdad se trata. Por eso he elegido la cita de la filósofa Arendt para esta entrada. No busque usted la complicidad de una hipotética ejemplar mayoría de hombres y mujeres ajena a estas estériles disputas. Somos una sociedad en la que el hombre por serlo tiene más oportunidades, mejores contratos, más opciones de ser promocionado a puestos de responsabilidad, menor asunción de responsabilidades domésticas, de cuidados…

No somos una sociedad que haya velado por la igualdad, que haya apostado por políticas inclusivas, por políticas educativas que desde la infancia nos enseñen a respetarnos, que haya asumido como clave de bóveda de su convivencia la revisión profunda de sus valores imperantes en cuanto a las mujeres y nuestro papel pasado, presente y futuro. No lo somos. Con una mayoría como la que usted describe el próximo 8 de marzo no haría falta una huelga, ni un pacto de Estado contra la violencia que padecen las mujeres. No habría brecha salarial ni la pobreza tendría nombre de mujer.

Lamento profundamente que un director de periódico cuestione la cosificación de las mujeres y achaque su denuncia a un radicalismo injusto y pertinaz. Sólo un ejemplo sobre esto. Se cuentan por miles los anuncios publicitarios en los que al parecer el éxito de la campaña comercial depende de la poca ropa que lleve la mujer que aparece. Da igual que se trate de coches, perfumes, hamburguesas o cuchillas de afeitar. ¿No los ha visto? ¿No le parece que una sociedad que normaliza las violencias cotidianas, de baja intensidad, exacerba con su altísimo grado de tolerancia comportamientos extremos ya sí repudiados por la mayoría?

También lamento que considere peligroso que mujeres feministas sean cargos públicos, y que considere adoctrinamiento los esfuerzos que ellas y otras muchas hacen por poner en el centro de la agenda política la insoportable situación en que vivimos. Más de la mitad de la población de este país, el sesenta por ciento de las personas tituladas universitarias, siete de cada diez de las aprobadas en las oposiciones de enseñanza, ocho de cada diez en las de justicia… ¿No le resulta a usted pertinente que las mujeres aspiren a andar tranquilas por la calle, a ser reconocidas por su valía y capacidades, a ser parte de una sociedad que las considere y respete?

Los ojos sucios… los ojos de las mujeres feministas de este país están cansados, muy cansados. De mirar alrededor y tropezar con los ojos llorosos de otras mujeres. Mujeres trabajadoras de la limpieza en empresas públicas gaditanas que con 73 años no se pueden jubilar porque la pensión que va a quedarles no les da para vivir. Mujeres que se dopan para alistar habitaciones de hotel a la velocidad del rayo por un par de euros la hora, o por el mismo ínfimo salario trabajando en la ayuda a domicilio. Mujeres que están sacando a sus nietos y nietas adelante después de toda una vida de briega. Mujeres brillantes que tienen que elegir entre ser madres o mantener alguna expectativa de promoción profesional, que reducen su jornada porque sus mayores enferman, que ven pasar por delante de ellas ascensos y subidas de sueldo para sus compañeros, que aguantan a algún catedrático baboso si quieren continuar sus investigaciones… ¿No le parece que a todo esto hay que darle un repasito? ¿Usted se siente amenazado, cohibido? ¿A usted le han preguntado alguna vez en una entrevista de trabajo si tiene hijos o hijas menores o si piensa ser padre? ¿Usted es una víctima porque un número creciente de mujeres se está organizando y reclama igualdad y respeto?

La suciedad está a nuestro alrededor. Verla, contarla y luchar contra ella no nos ensucia. Banalizarla, achacarla a una minoría desalmada y cerrar capítulo esgrimiendo la intachable conducta personal no le libra a usted de la basura. Ni a usted ni a nadie. Todas las personas que vivimos en este sistema desigual e injusto tenemos dos opciones: culpar a otras de la basura acumulada ante nuestros ojos o ponernos de inmediato a limpiar. A estas alturas ya sabe dónde he decidido yo colocarme, y dónde le coloca a usted su artículo.

En fin, no conozco personalmente a María Romay ni tengo nada que decir de su disfraz, tampoco a Ana Camelo o a Irene Montero, pero creo que decir que hacen “un daño terrible a la sociedad” con la que cae en este país en el que se ha robado a manos llenas, se ha regalado dinero a los bancos mientras se ha echado a familias enteras de sus casas por no tener para pagarlas, o se ha beneficiado sin pudor a empresas que ahora ganan dinero a costa de nuestra salud, nuestra necesidad de calentarnos, de hablar por teléfono o de beber agua potable, merece una reflexión serena a la que le invito. Empresas por cierto en las que muchas personas que no le parecen a usted un peligro como cargos públicos terminan su vida laboral tras su paso por la política.

Dice usted que los cargos públicos están en la obligación de medir las consecuencias de sus actos y sus palabras. Tiene toda la razón, y es aplicable a las personas que dirigen medios de comunicación.

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